Madeja de impulsos y creatividad de mundos divergentes
La introspección creativa era el rasgo distintivo de mi identidad infantil; en aquel entonces, aún no existía un diagnóstico. En los sesenta, yo «volaba despierto», pero utilizaba mi lógica para asociar, aprender y crear. Enfocaba mi impulsividad en la escritura de frases y máximas que, poco a poco, mutaban en pensamientos libres.
Fui un padre muy presente para la «ochomesina»: desde su desayuno hasta su dormir, en una vida llena de alegría y total amor paternal. A sus trece años, ella seguía canalizando su energía especial con el baile y el canto en privado, hasta el cansancio; luego, por su propia identidad femenina, eligió a la mujer adulta: a su mamá. Ella, quien maduró como diosa del Olimpo costeño, no fue adivina, pero sí imagen de sacrificio, dedicación y ternura; tejedora de un linaje especial.
Hoy, en su herencia, ella observa cómo la personalidad divergente posee al primero de sus hijos: el políglota. El mayor trae en sus genes esa introspección canalizada en un mundo propio de inglés perfecto. El segundo, cuya mente va más rápido que sus actos, se enfoca en juegos infantiles sin fin.
Son «four strands» que conforman una inteligente madeja: padre, hija y su descendencia amorosa. Un ovillo cálido, con su hilo anudado de cuatro hebras; «four names» y un diagnóstico verificable. Sangre con glucosa de amor: una marca que esconde aquella noble y luminosa calidad.
Es un acertijo que surge tras las escondidas y antes de contar diez mirando a la pared: «Cuatro siglas se trazan, jugando a ciegas como un mapa filial, para descubrir los cuatro tesoros».
TDAH
Con todo mi amor, para ustedes.
Franz Alberto Merino
Dávila
Escritor y poeta guayaquileño





